Cuando la culpa es nuestra peor compañera

En mis años de experiencia como psicoterapeuta me he encontrado —y sigo encontrando— a muchas personas que vienen cargando una culpa que les persigue y acompaña cada día.
La culpa es un sentimiento construido social y culturalmente, que aparece cuando creemos que hemos hecho algo que no debíamos o que hemos causado daño a alguien. Pero la culpa no aparece en el vacío. Es una emoción profundamente social que se forma a partir de los valores, normas y expectativas con las que hemos crecido.
Desde muy pequeñxs aprendemos qué está bien y qué está mal, qué se espera de nosotrxs y qué comportamientos son premiados o castigados. A través de la familia, la escuela, la cultura o los grupos a los que pertenecemos, interiorizamos ciertas reglas sobre cómo deberíamos ser, sentir o comportarnos.
Con el tiempo, muchas de estas normas dejan de venir de fuera y pasan a vivir dentro de nosotrxs. Se convierten en una especie de voz interna que evalúa constantemente lo que hacemos. Cuando sentimos que no estamos cumpliendo con esas expectativas, aparece la culpa.
Sin embargo, no todas las culpas son iguales ni todas nos pertenecen realmente. En muchas ocasiones cargamos con culpas que tienen más que ver con los mandatos sociales que con nuestras verdaderas responsabilidades. Esto se hace especialmente visible cuando consideramos cuestiones como el género, los roles familiares o las expectativas sobre el cuidado.
La culpa también puede aparecer cuando sentimos que estamos fallando a una imagen ideal de quién deberíamos ser: la pareja perfecta, la madre siempre disponible, la amiga que nunca decepciona, la persona productiva que puede con todo. Cuando estas expectativas son demasiado exigentes o poco realistas, la culpa aparece con frecuencia y se convierte en una carga difícil de sostener.
En el trabajo con mis pacientes me parece importante poder identificar la diferencia entre esta “culpa social” que nos bloquea y nos castiga, y una responsabilidad saludable. Me gusta entender la responsabilidad como la posibilidad de responder: la capacidad de atender y aceptar nuestras equivocaciones y de reparar. Pero si confundimos esta capacidad con la carga social, familiar y cultural de la culpa, entonces nos quedamos estáticxs, nos bloqueamos, sentimos mucho dolor y la culpa deja de servirnos.
Cuando trabajamos nuestra historia familiar, qué mandatos nos han quedado atravesadxs, y qué expectativas nos forzamos a alcanzar, podemos entender la función que cumple la culpa que sentimos y empezar a soltar cargas que nos permitan vivir con más calma y con mayor responsabilidad.
Por eso, en muchos procesos terapéuticos, una de las preguntas importantes no es solo: ¿por qué siento culpa?, sino también: ¿de dónde viene esta culpa y realmente me pertenece?
